Esta vez pienso en un poema dedicado a los olvidados objetos que forman parte de la historia de las personas, de las historias de amor que todos tratamos de no olvidar y para qué... si como dice la Milonga del 900, "no sé pa' qué me la nombran si no la puedo olvidar"...
Viejos amigos
A veces me cuesta comprender
o aceptar que como en todas
las historias,
también junto a la nuestra
hubo un montón de objetos cotidianos
que estuvieron,
que se niegan a irse de mis sueños
y hasta insisten en quedarse
en mis pesadillas...
recuerdo aquel helecho
que no regabas nunca
y del que a veces me apiadaba,
tu lapicera Parker de
capuchón dorado,
el espejo de marco marrón,
los pocillos rojos...
a veces, cuando te dormías
y yo abría la ventana
para estrenar
las primeras lunas del otoño,
sentía que esos objetos
sabían que yo estaba ahí,
como si me miraran,
como si me ocultaran
la parte de tu historia
en la que yo no estuve
y ahora,
al cabo de todas las ausencias,
se han convertido en viejos amigos
que me rescatan cuando duermo
de tu voz,
de tu mirada cómplice,
del brillo de tus ojos
cuando leías mis poemas
y de tu pelo sobre mi hombro
en las noches de agosto.
En esta imagen, en realidad me río de mi propia imagen, para hacer realidad eso de que el hombre es el único animal que se ríe de sí mismo... mientras mi amiga Carmen me tiraba la foto yo pensaba en las ganas de comer dulce de naranja, pensaba en las bandadas de pájaros que se cruzan de un árbol a otro antes de irse a dormir, pensaba también en las ganas de escribir poemas sin rimas que me entran a veces, pensaba en el mar, una interminable inmensidad azul, una larga nostalgia de cosas no vividas, un beso que nunca di en mi adolescencia y que viví después, cuando ya peinaba canas... pero eso es otra historia...
Decidí que iría a la playa. El sol estaba imponente y la tarde era demasiado hermosa como para desperdiciarla con malos recuerdos o con presagios de tormentas. Caminé hacia la playa, avancé hasta que al agua me llegó a la cintura y me di un chapuzón justo en el momento en que una ola se abalanzaba sobre mi cabeza, di una zambullida y unas cuantas brazadas para volver enseguida a la orilla. El agua tenía el mismo color verde transparente de mis nostalgias y me acariciaba con la misma frescura con que me había acunado antes, sentí que me daba un saludo de bienvenida y que cada gota que atravesaba mi piel era como un reencuentro largamente soñado con mi amigo el mar. No había nadie. Solamente los efímeros abanicos de espuma que se formaban por todas partes, como si toda el agua riera bajo el cosquilleo voluptuoso de un sol traspasado de eternidad. Me deslicé de espaldas, flotando a merced de la corriente, con los ojos cerrados y estuve así durante un largo rato, mientras me venían a la memoria unos versos de Manuel del Cabral que había memorizado en mi adolescencia:
Agua tan pura que casi
no se ve en el vaso de agua.
Del otro lado está el mundo.
De este lado, casi nada...
Un agua pura, tan limpia
que da trabajo mirarla.
Otra agua colgaba del cielo en ese momento, un agua con formas caprichosas que le robaba colores al cielo y se desdibujaba con los embates del viento, un agua viajera que se iba siempre lejos y que sólo sabía regresar en forma de lluvia.
Volví a nadar sin mirar hacia la orilla, me dejé llevar, floté, caminé despacio entre las piedras y, cuando vi que el sol ya estaba empezando a preparar valijas para luego iniciar su partida, decidí salir. Sólo entonces me di cuenta de que me había alejado de la costa y también del punto en que había dejado mi toalla y mi protector solar. Me unté rápidamente los brazos, las piernas, la cara, el cuello, me puse crema hasta dentro de la escasa superficie cubierta por el bikini y me senté un rato más a contemplar el mar. Olas, espuma y gaviotas, graznidos y la arena que se adhería a mis pies como si quisiera retenerme. Vi un barco a lo lejos, apenas una silueta que sobresalía por encima de la línea quebrada del horizonte.
El mar es una larga historia de viajes que empiezan en los sueños y terminan en el borde de tu almohada...
Si es cierto que una imagen dice más que mil palabras, yo que apenas pretendía escribir menos de veinte, mejor no escribo nadita...
Dudas
No sé si fue la melodía de tu voz
O si fue sencillamente la ginebra,
Si fueron los violines de Vivaldi en la penumbra
O tu blusa transparente y entreabierta.
No sé si mis latidos como truenos
presagiaban, irremediable, la tormenta,
O si finalmente tus encajes diminutos
También cedieron ante la ginebra.
Lo cierto es que el paisaje posterior
Era una desolada conjunción de arena
Con un sabor de pétalos ajados
Y un agrio vaho pastoso de ginebra.
Hasta hoy todavía me pregunto
Si en esa magia de tu risa plena,
En el temblor de luna de tus senos
O en el crujir azucarado de tus entretelas,
Si en tu mirada misteriosa y empañada
O en la danza enredada de tus piernas,
O en las palabras que sé que no dijiste
Hubo culpas que son de la ginebra.
Santiago.